El amuleto contra los amuletos.

Diego estaba preocupado. Notaba que su familia creia mucho en la fortuna, la suerte y en presagios. A sus 15 años algo le decía que no era necesario estar adjudicándole a situaciones fortuitas valores sobrenaturales. Le incomodaba los muñecos de yeso que estaban una mesa apenas entraba a la sala de la casa; el no poder abrir al paraguas dentro de ella o que si caía al suelo cualquier cantidad de sal su abuela saliera con la cantaleta de que eso traía mala suerte. Y hablando de mala suerte, lo tenían hasta el gorro con lo de ponerle una pulsera en la mano izquierda para que lo protegiera de las malas energías.

— Dieguito, ya es tiempo que consigas un dije o una pulsera para echarle la bendición. Eso lo va a proteger donde quiera que vaya y le hará vivir sin temor de lo malo hijo. ¡Haga caso, muchacho! — le decía con tono consejero su abuela Marbella.


Él le decía que sí, que apenas consiguiera algo se lo haría saber. Sin embargo, Diego no tenía ni el más mínimo plan de buscar nada. Más bien quería encontrar algo que le permitiera ««protegerse», de según él, tanta ignorancia y temores gratuitos. Le decían hasta el cansancio que debía tener un amuleto, pero pensándolo bien, no sabía a ciencia cierta qué era un amuleto. Por lo que fue a su cuarto, tomo un diccionario enorme, el mal llamado «mataburros». Aunque a decir verdad, con ese peso un diccionario de esos podría, literalmente, asesinar a un burro si se le asestaba un golpe con semejante mamotreto.

Diego amaba su diccionario. Sentía que era una lumbrera que le permitía entender el camino de su joven vida. — Si solo pudiera usarlo como mi amuleto — pensaba, imaginando a su vez la cara que pondría su abuela si él le dijera eso. Se carcajeó mentalmente de solo pensarlo. Interrumpiendo sus pensamientos procedió a buscar el concepto de amuleto y se encuentra con que el diccionario lo definía como un

objeto portátil al que supersticiosamente se atribuye alguna virtud sobrenatural o poder mágico capaz de dar salud o suerte o de beneficiar a la persona que lo tiene en su poder y lo lleva encima.

¿Supersticioso? Tampoco tenía claro que significaba esa palabra, así que también la buscó:

Tendencia, derivada del temor o de la ignorancia, a atribuir carácter sobrenatural, sagrado u oculto a determinados acontecimientos.

¡Ja! No la conocía de nombre, pero la veía todos los días. Era la viva imagen y esencia de su familia. Religiosa, temerosa, crédula, cabalística. Amaba a su familia entera, pero esa parte de ella, por alguna razón no la compartía. Como siempre, el diccionario le alumbró la vida. ¡Definitivamente, no! No quería vivir en base a la ignorancia y el temor y menos llevar consigo ningún objeto para arriba y para abajo y sentir el miedo de que si algo le pasaba al fulano amuleto su vida sería un caos.

La idea de un objeto con poderes mágicos no le convencía. Era más de la idea de asignarle valor a las cosas: un regalo, un recuerdo, una costumbre. Pero más por significar algo para él o lo que le hiciera sentir, a que el objeto en sí tuviera poder. Decidió más bien buscar algo que lo protegiera de los amuletos y las supersticiones. Pensó y pensó por un rato.

— Objeto portátil, es decir lo puedo llevar a donde sea y tiene la virtud de protegerme o ayudarme — .

Sí, para su sorpresa estaba pensando justamente en la descripción que hacía el diccionario de lo que era un amuleto, pero sorpresivamente él mismo se dio una respuesta inesperada: ¡ya tenía un amuleto!, de hecho, había nacido con él. Y ese mismo amuleto lo había estado protegiendo de caer en el mundo de la superstición. No tenía poderes sobrenaturales, pero estaba naturalmente sobre todos los demás amuletos físicos.

A partir de ahora lo iba a usar con mucha más conciencia y habilidad y hasta se podría decir que con fe. Lo bueno es que estaba adherido a él, así que no iba olvidar colocárselo ni corría el riesgo de perderlo. Y según el uso que le diera lo iba a proteger de temores infundados o gratuitos, de la ignorancia y de creencias vanas y superfluas. Su amuleto sería ese que le estaba haciendo pensar todas esas cosas, el que lo estaba alertando de no sucumbir ante ese mundo, el que lo había acompañado desde su nacimiento y lo haría hasta su muerte: su cerebro. Ese sería su mejor amuleto en contra de los amuletos.

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Pensaba en lo que le diría a su familia. . . — ¡Bah! — pensó Diego. Su súper amuleto «nuevo» lo protegería. Saldría airoso de ese acontecimiento.

Original G. S. Bilbao

Fuente Definiciones: © El Pequeño Larousse Multimedia, 2004 . / Internet
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